Backrooms: sin salida — el laberinto de todo lo que no queremos soltar

Dirección: Jane Parsons | País/Año: Estados Unidos, 2026 | Género: Terror psicológico

Hay películas que asustan con lo que aparece detrás de una puerta, y hay otras —las que de verdad se quedan— que asustan con lo que ya cargamos dentro antes de abrirla. Backrooms: sin salida pertenece a esta segunda categoría. Jane Parsons construye un mundo tras la pared, una ciudad sin vida, un trabajo aburrido, y con esos tres ingredientes aparentemente sencillos levanta algo mucho más incómodo: un espejo. Se sale de la sala con una revoltura mental, tratando de contar cuántos miedos a perder cosas habitan en cualquiera de nosotros. Ese es, sospecho, el punto exacto al que Parsons quiere llevar a su público.

Conviene decirlo desde el principio: quien llegue esperando acción se va a desconcertar. La promesa inicial parecía la de una película con más movimiento, pero en definitiva el suspenso psicológico termina superando cualquier expectativa de ese tipo. Aquí no hay persecuciones que resolver; hay una quietud que se infiltra.

Una narrativa que tropieza para después correr

El ritmo de Backrooms no es parejo, y eso no es necesariamente un defecto. Hay un tramo en el primer acto donde la película se siente deliberadamente lenta, casi estancada, como si Parsons quisiera que el espectador sintiera el mismo tedio que atrapa a sus personajes en ese trabajo sin futuro. Es una apuesta arriesgada —la tentación de desconectarse asoma— pero una vez que el relato encuentra su motor, el ritmo se acomoda y ya no lo suelta.

El protagonista es el corazón creíble de esta historia, aunque también el más desesperante: sus decisiones, sus dudas, su manera de aferrarse a lo que ya no está, generan una fricción que mantiene tensa la experiencia. Los personajes secundarios funcionan bien en general, aunque en un par de momentos se disuelven un poco en la trama, como si la propia arquitectura del guion los tragara. No es casualidad: en una historia sobre perderse, hasta la construcción narrativa parece querer perder cosas por el camino. La escena de las reminiscencias es el punto más alto del guion: ahí la película deja de hablar de un laberinto físico y empieza a hablar del laberinto real, el de la memoria.

Estética del vacío

Visualmente, Parsons opta por un minimalismo con acentos precisos: nada se decora de más, pero cada elemento que aparece —una textura, un color fuera de lugar, una simetría rota— pesa. La puesta en escena es, sin duda, uno de los mayores logros de la cinta: la arquitectura del laberinto y ese juego de espacios que se repiten y se deforman logran comunicar desorientación sin necesidad de un solo efecto especial ruidoso.

El sonido acompaña esa misma lógica de vacío. No hay sobresaltos gratuitos; hay, en cambio, un zumbido monótono que parece la textura sonora de un espacio sin vida, y que termina metiéndose bajo la piel más que cualquier grito. Las actuaciones sostienen ese tono: un dueño sin visión de futuro y un grupo de adolescentes resignados a un trabajo que no lleva a ningún lado resultan absolutamente convincentes, casi dolorosamente reconocibles.

Lo que de verdad está en juego: la memoria como laberinto

Bajo la superficie de terror, Backrooms: sin salida es una película sobre el miedo a soltar y el miedo a olvidar. Sobre cómo un recuerdo, con el tiempo, deja de ser un hecho y se convierte en una versión —una versión que se confunde con la verdad simplemente porque es la que más se ha repetido. Resulta difícil no pensar, al verla, en los propios recuerdos: en cuántos de ellos se consideran fieles y cuántos, en realidad, ya fueron reconstruidos sin darse cuenta. Ese es el verdadero laberinto que propone la película: no el de los pasillos idénticos, sino el de la memoria que se reescribe cada vez que se la visita.

Postura final

El final resulta satisfactorio, sobre todo para quienes disfrutan el terror alternativo y el suspenso que no necesita explicarlo todo. Difícilmente se vuelva a ver Backrooms: sin salida —no porque sea mala, sino porque cumple su función la primera vez y deja exactamente donde debía dejar—: pensando en cuánto de la propia verdad sigue cambiando con los ojos nuevos que, sin darse cuenta, se van adoptando con el tiempo. Al final, todos cambian, y todos terminan viendo el mundo con ojos distintos a los que tenían ayer.

Se recomienda sin reservas a artistas visuales, a lectores de suspenso y, en general, a cualquiera que disfrute el cine experimental, extraño e incómodo en el mejor sentido. No es una película para todos, pero para quienes conecte con ella, va a quedarse mucho después de los créditos.