Izrael Moreno: La luz con la que descubrí el cine
Para Izrael Moreno, el cine comenzó con un destello. “Vi una pizarra de sol —un espejo que se usa para iluminar con luz solar—, vi el efecto que hacía y dije: ¡Esto es! Esto es a lo que me quiero dedicar.” Aquella luz reflejada, vibrando sobre una superficie, fue su primer acto de revelación. En ese instante, comprendió que el cine es eso: una forma de atrapar la luz para contar lo que no se puede decir de otro modo.

Su vocación nació entre el teatro y la imagen. “A los 14 años vi en una escuela de teatro cómo ensayaban. Era una caja negra, la luz caía sobre los actores, un actor golpeó el piso con el zapato y levantó el polvo… mientras ellos se miraban y se hablaban pensé: Alguien debe escribir eso. Yo quiero escribir eso que están diciendo.” Ese día descubrió que lo que lo conmovía no era solo la escena, sino la escritura que la sostenía. “Quería escribir historias desde entonces, y después, por la pizarra de luz, descubrí que quería escribir historias para cine.”
Hacer cine, para Izrael, tiene muchas dimensiones. Es creación, es memoria y es trabajo. “El cine es una manera de expresarse y de generar memoria de nuestro tiempo”, explica. Cada historia que se filma —dice— conserva algo del presente: “nuestros dolores, alegrías o esperanzas, pero también la arquitectura, los modismos, la tecnología.” En ese sentido, el cine es antropología visual, un registro emocional y material de lo que somos. “Si una película queda muy bien —agrega— cumplirá con lo que soñamos los artistas: que nuestra obra continúe por el resto de los tiempos y así vivir en ella eternamente.”
Pero también es motor económico, un oficio que genera oficios. “Hacer cine implica choferes, carpinteros, cocineros, pintores…”, recuerda, consciente del impacto social del arte. “Me gusta mucho filmar en mi ciudad —dice—, es catártica y muy cinematográfica por sus contrastes sociales y arquitectónicos.” Sin embargo, insiste en un principio fundamental: “Debemos apoyar la descentralización de nuestras producciones para que más ciudades sean parte del proceso y de los beneficios que conlleva. Lo más importante es hacerlo con conciencia.”
Izrael cree que contar historias es una pulsión natural del ser humano. “Desde las cavernas las sociedades ya dibujaban en sus paredes para contarle a los otros lo que habían visto.” Los cineastas, dice, son herederos de esa tradición: “Tenemos la obsesión de contarlas con imágenes y sonido, para ser parte de la historia del mundo como artistas.” En su trabajo, busca siempre dos cosas: “Verdad y emoción.”
Al crear, entra en lo que llama “una catarsis interna llena de miedos”. Hacer una película implica confianza, riesgo y una fe inmensa. “La presión es mucha, pero se va soltando durante el rodaje. Lo personal no cambia, se magnifica y se vuelve singular.” En esa vulnerabilidad encuentra fuerza. “El sueño es lograr una mirada única y singular al contar historias —dice—, no paro de perseguir esa meta.”
Cuando enseña, su atención se desplaza hacia los demás. “No me concentro en mí, sino en inspirar a los demás a encontrar su voz. Estudiar debe ser un lugar de experimentación libre, mágico y sin violencia. Yo soy maestro porque soy alumno de tiempo completo.”
Para él, los retos de hacer cine en México son tan evidentes como persistentes. “Lo más difícil es comenzar, encontrar apoyos”, dice. Pero lo que compensa todo esfuerzo es “ver lo que no tenía forma en tus pensamientos y se ha vuelto realidad.” Crear, afirma, “es un acto poderoso y conmovedor.”
Cree en la necesidad de producir con conciencia social: “No lastimar a nadie, no romper nada, dejar de creer que donde pasa el cine no vuelve a crecer el pasto.” También en enseñar con justicia y empatía, adaptando los métodos a las circunstancias. Su diagnóstico sobre la exhibición es claro: “El tratado de libre comercio inhibe la exhibición de cine nacional al tener por ley la mayoría de las pantallas para el cine americano. Es triste y desalentador.” Pero encuentra esperanza en los festivales: “Son un acto de rebeldía, un espacio que proyecta nuestras películas y mantiene viva la resistencia cultural.”
Sobre el futuro, es optimista y prudente. “Ahora con un celular puedes hacer una película —dice—. Eso da ventaja al cine independiente, pero no debemos olvidar que lo importante son las historias.” En su voz hay una advertencia: “Antes de agarrar el celular o la cámara hay que escribir y soñar mucho, para que nuestros contenidos no abonen a la basura audiovisual del planeta.”
“Quiero que el público se emocione, que llore, que ría, que sienta y que nos recuerde”, dice al hablar del espectador. Para él, ese vínculo emocional es el verdadero sentido del cine. Recientemente, The Last Viking, de Anders Thomas Jensen, le recordó que el cine sigue importando porque sigue siendo humano, imperfecto y necesario.
“El cine es de lo más bonito que me ha pasado en la vida”, confiesa. Si tuviera que convertir su visión en una imagen, sería “dos jóvenes que sueñan en volar en su motocicleta.” Una metáfora de la libertad, del impulso que mueve a crear: la fe en que todo despegue es posible.
Y a quienes comienzan, les deja un consejo simple y sincero: “Escribe sin formato primero, como te salga. Que te emocione mucho querer contar eso; si no es así, cambia de historia.”
En la mirada de Izrael Moreno, el cine es una alquimia de luz, palabra y emoción. Es memoria viva y acto de resistencia, un oficio que cura y contagia. Porque, como dice él, cada historia que filmamos nos preserva, y mientras alguien siga soñando con esa pizarra de sol reflejando el mundo, el cine seguirá siendo una de las cosas más bonitas que pueden pasarnos en la vida.
Conócelo mas en: https://www.instagram.com/izraelmoreno/
Izrael Moreno tendrá una ponencia en el festival este jueves 13 de noviembre / 15:00h
Es rector de la Facultad de Cine, S. C. y director de IZ Films
Ponencia titulada:
Alegría y Desparpajo,
para hacer un pitch…


